1. Vacuna

“Suelo contar en mis clases la fascinante historia de Edward Jenner, el médico rural inglés que en el siglo XVIII creó la primera vacuna. Jenner se dio cuenta de que las ordeñadoras de vacas no se contagiaban de viruela, una enfermedad tremenda y mortal, y pensó que tal vez el hecho de que se contagiaran antes de la viruela vacuna, una enfermedad mucho más leve que generaba pústulas en las manos, podía tener algo que ver.
Entonces hizo algo aventurado: inyectó material de las pústulas de una ordeñadora que tenía viruela vacuna en un niño sano, que no se contagió luego de ser expuesto a la viruela humana después. Sus investigaciones fueron el pilar fundamental para la creación de las vacunas, que son quizá el invento de la humanidad que mayor cantidad de vidas ha salvado.
Brindo por Jenner y tantos científicos y científicas que siguen buscando maneras de resolver los grandes problemas de la humanidad, hoy con la alegría de haberme dado la primera dosis de la vacuna contra el covid-19!!”. (Melina Furman, en Facebook)
 

2. Merecimiento

“Te dejo una mía: merecimiento. Hace un mes me operaron del corazón en la Fundación Favaloro. Suena tremendo ¿no? Pero entré y salí en el día. Ahí hacen dos a cuatro de esas operaciones al día. Por las venas de las piernas te meten tubos y herramientas y desde adentro del corazón te cauterizan alrededor de las venas pulmonares para que tu corazón deje de hacer boludeces. Mientras tanto te meten fluidos de contraste para poder crear una imagen 3D del bobo, te meten un termómetro en el esófago para no hacer macanas e integran la imagen 3D con una tomografía. Más o menos como en la película Viaje Fantástico pero con gente de tamaño estándar.
En la duermevela post anestesia empecé a rastrear hacia atrás cada una de esas cosas, los miles de horas de personas y máquinas que llevaban a ese día y hora en particular, y me quedé pensando qué le estoy dejando a la humanidad para merecer eso, para que todos esos aparatos y personas estuvieran al servicio de que yo no tenga un bobazo.
Segunda razón, una mañana disfrutando de un dulce despertar con mi chica, abrigado, limpio, bien comido me pensé como mono humanoide y me dije: ‘Miralo al monito, hasta donde llegó ¿eh?’. En el silencio escuché un tren a lo lejos. Y se disparó otra vez ese pensamiento ¿qué le doy al mundo para merecer todo esto? El confort, la calefacción, las sábanas y la frazada, el trabajo, la salud, la ropa, la comida, los transportes, esta notebook con la que te escribo, la red de datos con la que mis palabras van a viajar a vos, los auriculares con los que mientras tanto escucho Taranta Project de Enrico Einaudi (y el propio hecho de que yo al otro lado del mundo me haya enterado de que esa música existe y la pueda estar escuchando), el termo con agua calentada en una pava eléctrica y la yerba de mi mate. Ninguna de esas cosas las hice o las inventé yo.
Entonces, cambiando totalmente el sentido habitual de esa frase digo: ¿qué hice yo para merecer esto?”. (Gustavo Keimel, en un correo personal)
 

3. Conspirar

“En estos días pensamos en respirar, con él, a su alrededor. Como él respiró con nosotrxs, abriéndonos el aire posible para que nos inventemos unas vidas dignas de ser vividas. Él, que en las aulas, nos enseñó que había un modo de amar lo que hacíamos y de buscar justicia en cada acto de lectura y amistad en cada conversación. Él, que nos trató como iguales, nos hizo iguales, en cada palabra y cada escrito. Pensamos que debíamos respirar, conspirar, para que sus pulmones respiren. Fuimos miles en pequeñas fogatas en las que ardía el deseo de retenerlo entre nosotres. Miles respirando para que sus pulmones no dejaran de hacerlo. Un campo de alveólos colectivos, un deseo. Porque la vida de Horacio González no fue la de un individuo que trazó un surco solitario. Fue la del conspirador, la del conjurado, la del revolucionario, la del que no dejó un segundo de intentar construir una sociedad más vivible.
Fue el intelectual más potente de estas tierras, el escritor de obras preciosas y el funcionario más osado que dirigió una institución pública. Lo suyo fue la imaginación política, capaz de abrir, sin cesar, posibilidades para todxs. ¿Cómo pensarlo en ausencia, a él que fue toda presencia? Entre sus últimos artículos, hay uno en la Tecla Eñe en el que dice que un modo de militar es llorar en silencio: llorar por las desdichas que acontecen y por el balbuceo de nuestras políticas para encararlas. No imagino este país sin la palabra de Horacio. Su falta no será algo que nos acontece a quienes compartíamos la conversación cotidiana, sino un aire que hacía a este país un poco más justo. Horacio González, hasta la victoria que este pueblo se merece.” (María Pia López, en Página/12. Compartido por Ana Casavelos)
 

5. Travesía

“Ayer, en un encuentro de los del Filba en Santa Rosa, se habló de una acepción desconocida para mí de una palabra: la palabra ‘travesía’, no como un recorrido, sino como una zona, un espacio determinado. Veo ahora que no es tan rara, pero en fin.
Osvaldo Baigorria citó a Sarmiento, que en el Facundo habla de que mediaba entre San Juan y San Luis un dilatado desierto que por su falta de agua era llamado ‘travesía’. Matías Sapegno cuenta que en mapas viejos de la zona pampeana vio muchos lugares marcados con los puntitos con los que se marcan los salitrales, y con cartelitos ‘travesía’, ‘travesía’, ‘travesía’. Y dice que ‘travesía’ eran sitios que para atravesarlos y salir vivos había que ser muy baqueano: no había agua, no había sombra, no había nada. 
Y no recuerdo si él u otro hace una analogía de esas ‘travesías’ con la pandemia: un lugar difícil que hay que atravesar para llegar al otro lado.
El diccionario de la RAE tiene la acepción, como argentinismo:
13. f. Arg. Región vasta, desierta y sin agua.
Acá en Infobae comentan algo de esa charla, y otra de Gamerro. Resulta que me encantó esa acepción”. (Virginia Avendaño, en un correo personal)
 

6. Viajante

“Me gusta la palabra ‘viajante’. Me gusta en su acepción original (‘dependiente comercial que hace viajes para negociar ventas o compras’), pero también me resulta interesante imaginarla como un participio de presente, algo que va ocurriendo de manera simultánea y continua. Recuerdo una canción que hablaba de una muchacha que se peinaba en la cama, y de los viajantes que se iban a atrasar. Esa administración del tiempo por parte de los viajantes, que se desplazan y recorren rutas y caminos recónditos por tareas comerciales siempre me provocó curiosidad. Qué rareza…Una parte de la palabra pareciera que tuviera ganas de merodear o de pasear por las diferentes localidades por donde transita, demorarse en sus calles misteriosas, en la plaza pública, en las primeras luces nocturnas del pequeño centro a las siete de la tarde: Saladillo, 25 de mayo, Pellegrini, Bragado, Tapalqué… esa hora de la tarde-noche en la que un martes, un miércoles, los vecinos del lugar se retiran a la TV, a la cena, luego de plegar sus sillas en la vereda, o de haber hecho el último mandado, quizás con un poco de frío. ¿Y los viajantes? ¿Quién los acompañará en el pequeño hotel? ¿Quién sostendrá su cena? Esas horas de silencio: ¿en qué sitio se guardan, en qué cofre? Hay un libro de Osvaldo Aguirre (Lengua natal, 2006) que hablaba de los amoríos furtivos del viajante y la modista, esas mínimas historias que se destinan al olvido polvoriento de los pueblos. Viajante como oficio, sí, como último avatar de una tarea que se vuelve anacrónica en la era de internet; y viajante también como acepción imaginaria: robarle un pedacito a la palabra, robarle su raíz, y soñar un viajecito sin objetivo, sin cálculo al centro de la llanura.” (Carlos Battilana, en el Diccionario Latinoamericano de la Lengua Española impulsado por el Observatorio de Glotopolíticas y el Programa Latinoamericano de Estudios Contemporáneos y Comparados UNTREF. Destacado por Diego Bentivegna en el Facebook del Observatorio)
 

8. Piedritas

“Juan Forn contó que apenas sacó su primera novela, siendo un autor desconocido, vio entrar a Piglia en una librería (…) Cuando se acercó al escritor consagrado y se presentó, Piglia le respondió: ‘Ah, sí, el de la novelita salingeriana’”. (Matías Bauso)
“Elvio Gandolfo solía aconsejar que si le llevaban un manuscrito, primero le pregunten si estaba escribiendo algo. ‘Sino se pone a romper las bolas como si la novela fuese suya y te la devuelve llena de marcas insólitas’”. (Damián Huergo)
“Era un editor implacable, de una generosidad hostil, daba todo por tu nota, la masacraba y siempre quedaba mejor. Nunca nadie volvió a editar así: sentada en la silla de al lado de la suya veía cómo los párrafos iban de un lado para el otro, a fuerza de borrar y dar vuelta, el texto se acomodaba. Cuando terminaba, te miraba, se reía y que pase el que sigue.” (Laura Isola)
“El subject dice ‘scary’. Y después escribió: ‘Mirando historias de fantasmas niponas encontré esta imagen tremenda, Marianita, y pensé mandártela por si te sirve alguna vez para alguno de tus libros’”. (Mariana Enríquez).
“(…) volvió a la casa de su abuelo, conversó con alumnos del colegio inglés en el que se colaba a escondidas a los 12 años para espiar a las chicas, lloró mucho en más de un momento ―y lloramos todos con él― y se rió mucho, mucho más, de madrugada (…)” (Amalia Sanz)
“En el mail, abajo de todo, figuraban tres reenvíos a Ernesto Tiffenberg, el director del diario. Los tres con la misma fecha. Lo único que variaba era el asunto de cada uno.
El primero decía: ‘contratapa para el viernes, amigos. me confirman que llegó ok? abrazos’.
El segundo decía: ‘perdón, ésta es la versión que vale de la contratapa’.
El tercero decía: ‘no me maten, juro que es la última (le mejoré el título)’”. (Damián Huergo)
“Hablaba siempre con pasión, como si nunca especulara, como si no tuviera sentido guardarse nada (…)” (Mauro Libertella)
“Uno de los legados de Juan Forn es que los productos culturales -desde una colección de libros hasta un suplemento o una serie de columnas semanales- tienen que tener una característica además de su espesor intelectual: tienen que ser sexies.” (Natalí Schejtman)
“En cierta ocasión, hablando del yo narrador, comentó: ‘Ese yo, en realidad, soy yo y mis lectores, me pienso en plural’”. (Christian Kupchik)
“Miren al pibe que fue del Newman. Mírenlo caminando en el viento, coleccionando piedritas de la playa. Cada piedrita, un texto.” (Guillermo Saccomano)
 

9. Satori

“Me gusta que las paralelas se toquen; que en el final, todas aquellas cosas que fui sembrando, converjan. Porque me parece que es lo más parecido a la sensación de satori, de satisfacción inesperada, que practica el zen, o a la que aspira el zen. Yo lo que quiero es que, cuando terminemos de leer la contratapa, nos miremos y digamos ‘qué bueno’. A mí lo único que más me interesa de la literatura, o lo que más me interesa de la literatura, es la comunión. Si no, la literatura sería una actividad narcicisista y ombliguista que me resulta bastante irritante”. (Juan Forn, compartido por Roberto Parrottino).    
 

10. Noche

—Bueno —dijo el padre con voz muy suave—. A lo nuestro.
—¿Puedo preguntarte algo, antes?
La reposera crujió. Él hizo un esfuerzo para mantenerle la mirada a su padre.
—Como quieras. Pero ya sabés cómo es eso: una vez que te enterás, difícil que puedas borrártelo de la cabeza. No es una amenaza. Lo digo por vos, simplemente.
—Sí, ya sé —dijo él. Y preguntó, con voz insegura: —¿Todos van al mismo lugar? ¿No importa lo que haya hecho cada uno?
—Eso es algo que podría haberte contestado desde los veinte años, más o menos. Siempre sospeché que importaba más en vida que después. En cuanto a la otra pregunta, no es exactamente un lugar, adonde van. Pero sí: todos van al mismo, en la medida en que todos somos relativamente iguales. El modo de vida de tu vecino y el tuyo, por ejemplo, se diferencian tanto como tu estatura y la de él. Son matices, y los matices no cuentan. Digamos que hay, básicamente, sólo dos estados: el tuyo y el mío. Es bastante más complejo, pero no lo entenderías ahora.
—Entonces vos y yo vamos a encontrarnos de nuevo, en algún momento —dijo él.
El padre no contestó.
—¿Importa algo estar juntos, allá?
El padre no contestó.
—¿Y cómo es? —dijo él.
El padre desvío los ojos y miró la pileta. —Como nadar de noche —dijo. Y las ondulaciones de la luz se reflejaron en su cara. —Como nadar de noche, en una pileta inmensa, sin cansarse.
Él tomó de un trago el whisky que quedaba en el vaso y esperó a que llegase al estómago. Después tiró los hielos en la pileta y apoyó el vaso vacío en el borde.
—¿Algo más? —dijo el padre.
Él negó con la cabeza. Movió un poco las piernas en el agua y miró la base de la reposera, el impermeable, la cara blandamente atemporal de su padre. Pensó en lo reticentes que habían sido siempre en todo contacto corporal y le parecieron increíblemente ingenuos y artificiales aquellos abrazos en los sueños en que aparecía su padre. Esto era la realidad: todo seguía tal como había sido siempre, y recomenzaba casi en el mismo punto en que quedara interrumpido cuatro años antes. Aunque sólo fuese por una noche.
—Por dónde querés que empiece —dijo.
—Por donde quieras. No te preocupes por el tiempo: tenemos toda la noche. Hasta que termines no va a amanecer.

(Juan Forn, “Nadar de noche”)